Cunitas y la grieta

Por Antonio Leone.
 
El 16 de junio pasado, recordando los bombardeos a Plaza de Mayo en el 55′, afirmaba que al que diga que la grieta nació en la Argentina en 2003 y la inventó el kirchnerismo, le mostraran los videos de esa masacre, para que se informe.
Pero el odio gorila no se detuvo con aquel Guernica argentino, seguiría con mucho más furia después de derrocado Perón, y consolidada en el poder la Fusiladora.
Uno de los blancos predilectos del odio fue Eva Perón (todos sabemos lo que pasó con su cadáver, robado, vejado y ocultado por años), y la obra de la Fundación de Ayuda Social que llevaba su nombre.
Con una militante fanática de Acción Católica al frente, se dispuso un alucinante operativo de destrucción de la obra de la Fundación.
Al respecto podemos ver en la excelente nota de la revista digital “La Baldrich” (cuyo enlace está en el primer comentario): «Marta Ezcurra ordena el día 23 de septiembre la ocupación militar de cada una de las Escuelas Hogar. Su política de shock es muy clara: retirar y destruir todos los símbolos del gobierno. Con los niños como mudos testigos, en cada uno de los patios, el fuego hace arder pilas de frazadas, sábanas, colchones, pelotas y juguetes diversos con el logo de la FEP, que los valientes soldados previamente han arrancado de sus camitas y dormitorios.»
«En medio de un odio demencial, ordena el desalojo inmediato de todos los niños y niñas internados en la Clínica de Recuperación Infantil Termas de Reyes, en Jujuy. La transforma en un casino para la oligarquía. Manda tirar al río Mendoza, toda la vajilla y cristalería (importada de Finlandia y Checoslovaquia) con la que han comido los “cabecitas negras” en las unidades turístico-termales de alta montaña de Puente del Inca y Las Cuevas. Manda destruir todos los frascos de los Bancos de Sangre de los Hospitales de la Fundación porque contenían sangre “peronista”. Manda secuestrar todos los pulmotores porque tienen placas metálicas con las palabras “Fundación Eva Perón”. Ordena el asalto militar contra la Escuela de Enfermeras, y dispone su cierre definitivo.»
Determina la confiscación de todos los muebles de los hospitales, hogares para niños, hogares escuelas y hogares de tránsito por ser demasiado lujosos para los ahora sin privilegios, se los llevan a sus casas los “comandos civiles”. Los camiones del ejército llegan a los edificios y depósitos de la Fundación y parten llenos. Dispone la desactivación absoluta de todos los programas de turismo social por ser “un peligroso ejemplo de demagogia populista y antidemocrática” en las Colonias de Vacaciones de Córdoba, Mar del Plata y Buenos Aires. Decide el cierre definitivo de las casi 200 proveedurías de alimentos de primera necesidad, la clausura del Plan Agrario, el Plan de Trabajo Rural y los Talleres Rodantes. Resuelve la intervención de los Hogares de Ancianos y el cierre de los Hogares de Tránsito. A pedido del Coronel Ernesto Alfredo Rottger -su Jefe y Ministro- ordena que sean expulsados a la calle todos los estudiantes de la Ciudad Estudiantil “Presidente Juan Perón”.
Esa misma Ciudad que fue usada como centro de detención de funcionarios del gobierno depuesto, militantes políticos y sindicales y hasta las enfermeras de la Fundación. Al mismo tiempo, los tanques del Ejército demolieron la Ciudad Infantil de Belgrano en la Capital Federal, y sus piletas fueron rellenadas con cemento, para que nadie más pudiera usarlas.
Todo este recordatorio histórico viene a cuento de lo que pasó con el Plan Qunita, de actualidad en estos días en los que la justicia archivó la absurda causa judicial promovida por una denuncia de la canalla Graciela Ocaña, sobreseyendo a todos los imputados.
Tarde, por supuesto, como siempre actúa en éste país la justicia, para cumplir con su rol: impartir justicia. Tarde para Tiago Ares, el creador del prototipo que dio origen al proyecto, que murió muy joven, de una penosa enfermedad.
Tarde para todos los chicos y las familias humildes que se vieron privadas de usarlas, porque el criminal de Bonadío impidió que se siguieran entregando, y mandó a destruirlas, con el mismo odio demencial de la señora de Acción Católica, en el 55′; como para que se vea que la cosa viene de lejos.
Y tarde para que todos los ensuciados por la denuncia de Ocaña (que alguna deberá responder por sus canalladas, como Carrió) recuperen una honra que nunca debió haber sido manoseada.
Pero esto es mucho más que uno de los tantos episodios del «lawfare». Volvamos al odio, ese odio visceral que destruyó pulmotores y cunitas: es más que el simple odio político, a un movimiento o partido determinado, aunque el antiperonismo termine siendo una afirmación de identidad, desde el odio.
Es odio de clase, social, racial, al pueblo, al humilde, a aquél que nunca tuvo nada, y que algunos decretaron que no tiene derecho a pensar siquiera en tenerlo; porque tener (cosas, dignidad, derechos) es algo que solo les corresponde a ellos.
Porque si de odiar a Perón, a Evita, al peronismo o a Cristina simplemente se tratara, no se han privado de expresarlo de todas las formas posibles, en el pensamiento y en la acción.
Esto es otra cosa, mucho peor: es un resentimiento social incurable, que no se detiene ante ninguna consideración humana, hasta no destruir o denigrar el objeto del odio. Trasciende gobiernos, partidos o contingencias electorales, y expresa lo peor de la condición humana.
Y en la Argentina ese odio es una fuerza muy poderosa, identitaria y presente en tiempo actual. Basta ver como se ha expresado en tiempos de pandemia, con contagios, muertos, vacunas y restricciones.
Puede ser una imagen de 2 personas e texto que dice "Tiago Ares y Cristina Kirchner con una de las Qunitas"
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