Del fin de la historia al fin del mundo.

Por: Rauly Gil.
 
Esta civilización, que busca imponerse globalmente, tiene en su raíz a la posesión, esencia de su existencia. Núcleo configurador de su estilo de vida. Transferida desde nuestros ancestros que como especie lucharon para sobrevivir en un mundo natural.
 
Antigua y real necesidad, para aquel momento, que avasalla con todo nuevo intento de expresión humana, imponiéndose, aunque las condiciones para la vida hayan cambiado, en un mundo histórico social confundido por aquel natural ya domesticado.
 
Una concepción de la vida en sociedad que se pretende hegemónica, como aquel mítico Dios Cronos que se come a sus hijos en busca de congelar al tiempo, a ese que transcurre en dirección evolutiva rompiendo con toda pretendida conservación.
 
El tropismo posesivo es lo que se expresa como violencia, al naturalizar lo social, cuando al otro se lo cosifica. En competencia por un “poseer” para llegar a “ser” es que necesita de “poder”, motor y modo “civilizador” occidental por excelencia.
 
En carrera por el poder es que se acomoda a la razón para justificar el uso de la fuerza para su conquista. Verdad instalada desde donde surgen las ideologías, las de un signo y las del otro, en disputa por el control, sea para una parte o para el todo social.
 
El afán posesivo lleva a la explotación de los recursos naturales, y al de los sociales también, como sucede con la esclavitud o con las relaciones injustas del trabajo. Es cuando desde una particular intención se cosifica a los demás negándoseles similares derechos. Lo que en momentos de la historia se revoluciona para transformarse hacia una mayor equidad.
 
Son las revoluciones las que llevaron al fracaso a todo intento por apresar al espíritu humano. Así, cada tanto, los avances se producen por la acción social organizada que le pone límites al lobo para que no se coma al hermano.
 
Pero el poder se quiere imperio, coloniza naciones para explotar sus riquezas. A través de la violencia, al imponerse por la fuerza, o por seducción, al conquistar las cabezas haciéndoles creer libres en dependencia. Así se impone ese “modo global” que degrada la vida de los pueblos.
 
Se impone la anti-cultura al afirmarse que: para llegar a “ser” se debe “tener” y para ello se necesita del “poder”. Se hace culto a la esforzada competencia por el ascenso en la pirámide social, desde los estratos más bajos que la sostienen hacia los más elevados donde las relaciones de poder mejoran.
 
La forma de organización piramidal se replica en todo quehacer, sea de carácter público o privado: político, cultural, comercial, productivo, religioso, etc. El ascenso es “el sentido de la vida”, aspiración común que lleva al “éxito”. Que de antiguo nos viene, como el cacique y su tribu, a más refinadas del rey y su pueblo, hacia las más modernas de un presidir, dirigir o liderar desde instituciones al resto.
 
El premio es para quien llega a la cúspide, el poder da fama, es modelo. En la oficina, en lo artístico, en el deporte o en el ejército, es aptitud y esfuerzo en competencia, que es con lo que se hacen las estrellas, es por “mérito”. Con el “dinero” se “tiene” y cuanto más se tiene “da poder”, quienes lo concentran reinan: las corporaciones por sobre los pueblos. Así se configura ese modo civilizador que llaman capitalismo.
 
Capitalismo es concentrar, por tanto las mayorías sufren al carecer de medios para la subsistencia. Pero también sufre quien cubriendo sus necesidades teme perder lo poco que tiene. Para todos es el agobiante esfuerzo “de un vivir haciéndolo”, para tener lo que el sistema con buen marketing sabe vender, concentrando aún más la riqueza. En círculo vicioso.
 
En una jungla de intenciones humanas se compite todo el tiempo, es lo que motoriza al sistema, el que debe producir más para seguir funcionando, estableciéndose así una medida, un parámetro internacional de felicidad nacional al que llaman PBI -producto bruto interno-. En ese producir sin límites se compite y así en autofagia se comen al planeta. Hacia la felicidad, una ilusión que se desvanece al punto de llegar.
 
Pero como le sucede al pez, que al estar dentro del agua no la ve, hasta que lo sacan, así se vive dentro del sistema. Son los fracasados, los que se salieron del agua, de ese ámbito de creencias que aplasta, quienes ven la trampa y comienzan a moverse en otra frecuencia, con sensibilidad diferente.
 
Fracasados porque no compiten, ni aspiran mandar, ni quieren que los manden. No requieren de intermediarios, ni desesperan por éxito. Se hermanan más que separarse y consideran que tener más de lo que se necesita pesa. Saben que el mundo ya está en condiciones de resolver sobre las necesidades de todos y trabajan para ello. No persiguen la felicidad porque es “en el modo de hacer” que la encuentran, como un fin en sí mismo y no por “tener”.
 
No hace mucho, a finales de los ochenta anunciaron su triunfo ante la caída del socialismo real que les ofrecía resistencia, se sintieron ganadores y declararon así: “el fin de la historia”. Tal vez lo sea, de seguir con la destrucción del planeta. ¿O será el fin para este sistema también? El fin de una pre-historia humana, para abrirse paso las mejores aspiraciones de los pueblos hacia una nación humana universal.
 
En ese lío estamos, ante la caída de creencias que nos dieron origen como especie y que no alcanzan hoy para resolver sobre las necesidades de un mundo de intenciones humanas, que configuran lo histórico social. Un sistema que pierde convencimiento por el sufrimiento y la destrucción que ocasiona, y que por tal motivo lleva a la desesperación y al mayor control desde el poder, lo que acelera aún más la caída.
 
Las teorías usadas para interpretar la realidad ya no alcanzan, las concepciones devenidas de un mecanicismo determinista, usadas para clasificar momentos y conductas sociales fracasan por anti-humanas, al objetivar el acto humano, creativo y transformador, como solo reflejo de condiciones del medio en que se encuentra. El avance de la ciencia y de la tecnología irrumpen fuertemente haciendo rechinar los engranajes de la estructura de creencias que se tenían de la vida hasta este momento.
 
Las alteraciones psicosociales que se manifiestan por todos lados son producidas por la aceleración de los cambios, lo que genera temor, al no poderse predecir el futuro, que se aparece como caótico. Sufrimiento que se manifiesta en el odio y la intolerancia, en los fanatismos violentos que discriminan en lo étnico, cultural, económico, sexual y religioso. Neo-irracionalismos y los negacionismos nos retrotraen siglos hacia una oscura edad media. Fenómenos que anuncian la gran caída, pero: ¿Cómo es que desde lo viejo, que muere, se pueda percibir lo nuevo que ya está entre nosotros?
 
Rauly- Febrero 2021
Nota: Breves reflexiones desde una mirada siloísta.
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